La pandemia como nueva oportunidad para el humanismo

22 junio, 2020
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Federico de Montalvo Jääskeläinen.

Profesor propio agregado de Derecho Constitucional, ICADE. Presidente del Comité de Bioética de España.

La pandemia provocada por el virus SARS-CoV-2 ha venido a alterar de manera extremadamente disruptiva nuestra realidad y no solo en el ámbito de la salud. Como señalara al inicio de la pandemia la Pontificia Academia para la Vida, “Toda la humanidad está siendo puesta a prueba. La pandemia de Covid-19 nos pone en una situación de dificultad sin precedentes, dramática y de alcance mundial”.

Y en este nuevo contexto, resulta ciertamente paradójico que la palabra disrupción, que tan en boga ha estado estos últimos años, haya venido siempre vinculada de manera inescindible al ingente avance de la informática y la ingeniería o, en idénticos términos, a la capacidad de superación que se le ofrece ahora al ser humano desde la perspectiva de la electrónica, la mecánica y la computación y haya sido, precisamente, la naturaleza y una pandemia las que hayan provocado un cambio radical.

La IA, la tecnología, se nos han venido presentando, en estos últimos años, como el verdadero impulsor de una transformación que se mostraba como inaudita y que vendría a marcar inexorablemente el futuro del ser humano. El tecnooptimismo nos anticipaba, en palabras de Sara Lumbreras, que todos los problemas de nuestra sociedad y nuestra condición humana quedarían resueltos en un futuro cercano. Incluso, se nos había predicho que las pandemias desaparecerían o que sus terribles consecuencias serán fácilmente salvables gracias a la IA y al Big Data. Y si bien parece que esta pandemia parece que sí fue vista venir por la IA, en concreto, por la compañía de IA BlueDot, que utiliza aprendizaje automático para detectar brotes de enfermedades infecciosas en todo el mundo. Sin embargo, para qué ha servido tal predicción y, además, ¿ha permitido y permitirá la IA paliar las consecuencias de la pandemia?

Así pues, es una pandemia, algo con evidente regusto a antiguo la que parece que provocará cambios sustanciales. La pandemia no ha venido para quedarse, en expresión ya muy manida, como todas pasará, pero parece que sí muchos de los cambios que ha provocado. En palabras nuevamente de la Pontificia Academia para la Vida, en medio de nuestra euforia tecnológica y gerencial, nos encontramos social y técnicamente impreparados ante la propagación del contagio: hemos tenido dificultades en reconocer y admitir su impacto. E incluso ahora, estamos luchando fatigosamente para detener su propagación. Pero también observamos una falta de preparación -por no decir resistencia- en el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad física, cultural y política ante el fenómeno, si consideramos la desestabilización existencial que está causando. Esta desestabilización está fuera del alcance de la ciencia y de la técnica del sistema terapéutico.

En todo caso, tiempos tan difíciles como los que estamos viviendo deben servir también de aprendizaje. Y, entre éstos, destacaría que el ser humano recuerde la importancia que tiene, en expresión del Papa Francisco, el cuidado de la Casa Común, lo que nuestra soberbia poshumanista ha podido, en cierto modo, hacernos olvidar. También, la propia fragilidad y vulnerabilidad que nos caracteriza como seres humanos. Se ha puesto de relieve con una dureza inesperada la precariedad que marca radicalmente nuestra condición humana, incluso, en aquellos lugares del mundo en los que los avances de la ciencia y la tecnología nos habían creado la ilusión, ya fulminantemente desvanecida, de que eramos invulnerables y que podíamos encontrar una solución técnica para todo. La pandemia no ha podido ser controlada ni siquiera en las sociedades más desarrolladas.

Como señala Daniel Innerarity en su pandemocracia, una gran crisis biológica en la era de la inteligencia artificial y en medio de los debates sobre el transhumanismo nos pone cuerpo a tierra. Esta crisis subraya todavía más los límites de nuestra autosuficiencia y la común fragilidad, revelando nuestra dependencia tanto de otros seres humanos como respecto del mundo no humano. Esta crisis no es el fin del mundo, sino el fin de un mundo y lo que se acaba (o se acabó hace tiempo y terminamos de aceptar su fallecimiento) es el mundo de las certezas, el de los seres invulnerables y el de la autosuficiencia. Entramos en un espacio desconocido, común y frágil, es decir, un mundo que tiene que ser pensado sistemáticamente y con una mayor aceptación de nuestra ignorancia irreductible. En un espacio en el que el humanismo se nos ofrece como el camino seguro que nos permite asumir nuestra fragilidad.

La profecía de Peter Sloterdijk en sus normas para el parque humano, por la que se considera superada la era del humanismo y se reclama una revisión genético-técnica de la humanidad, habiendo tomado las fantasías de selección biopolítica el relevo de las utopías de justicia, parece haberse topado con el muro de una realidad tan natural y antigua como es una pandemia. Porque, una vez más, la naturaleza nos demuestra que no somos tan dueños de nuestro propio destino. La dialéctica hegeliana que ha venido enfrentando estos últimos años a tecnoconservadores y tecnoliberales parece que ha llegado a su fin. No creemos que estemos ante el final de la Historia, pero al menos sí puede que la pandemia nos haya dado, al menos, la esperanza de empezar a construirla a través del fortalecimiento del humanismo.

Y esta vuelta al humanismo no debe significar una renuncia a los avances que nos ofrece la IA, sino, antes al contrario, incorporarlos como instrumentos esenciales para una mejora de nuestra vida, pero sin caer, como acabamos de señalar, en el sueño de la invulnerabilidad fundamentada en la ciencia y en la tecnología. La alianza entre el ser humano, la ética y la tecnología no debe desvanecerse, sino, todo lo contrario, reforzarse. De hecho, la propia tecnología se ha mostrado como la herramienta insustituible que nos ha permitido, a algunos, continuar desde la distancia de nuestros hogares con nuestras actividades profesionales y a prácticamente todos mantener las relaciones afectivas y de amistad desde el confinamiento. La tecnología ha mostrado en estos tiempos su lado más humano. La tecnología no debe ser mirada con sospecha o con rechazo, porque es sustancialmente humanas y el propio término disrupción que va tan unido a aquéllas no creemos que tampoco deba preocuparnos en exceso, más allá de las incorrectas y precipitadas e inseguras aplicaciones que puedan llevarse a cabo. El ser humano es por su propia naturaleza disruptivo.

Una vez despejados ciertos temores, es importante destacar que este nuevo humanismo tecnológico o, como lo denominara Albert Cortina, humanismo avanzado, sería un humanismo fundamentado en lo que Ulrich Beck en su sociedad del riesgo denominara cientificación reflexiva frente a la cientificación simple que se funda en la ingenuidad de creer que la actividad científica y tecnológica puede limitarse a los objetos científicos sin afectar a la sociedad, la moral o la política. La primera, por el contrario, asume que no solo es solución de problemas sino fuente que los origina, porque lo esencial ahora no es qué se investiga sino cómo se investiga, evitando tanto la infalibilidad cuanto la irreversibilidad. La pregunta que debemos hacernos es la que hace unos años nos formuló Jürgen Habermas acerca de si queremos desarrollar las ciencias y la tecnología como un incremento de la libertad necesitado de regulación normativa o como una autoinvestidura de poderes para llevar a cabo unas transformaciones que dependan de las preferencias y no necesiten de ninguna autolimitación.

Este panhumanismo ya estuvo presente en la propia Declaración de la UNESCO sobre Bioética y Derechos Humanos de 2005, la cual justifica su aprobación manifestando que “Teniendo en cuenta los rápidos adelantos de la ciencia y la tecnología, que afectan cada vez más a nuestra concepción de la vida y a la vida propiamente dicha, y que han traído consigo una fuerte demanda para que se dé una respuesta universal a los problemas éticos que plantean esos adelantos”. Y, premonitoriamente, una propuesta de desarrollo tecnológico ético, bajo el sugerente término de RenAIssance, fue promovida por la Iglesia Católica pocos días antes de que la OMS declarara la pandemia, y habiéndose iniciado ya con viral fuerza la epidemia en el norte de Italia. Así, el 28 de febrero de 2020, se firmó en la Ciudad el Vaticano el manifiesto Rome Call for AI Ethics, promovido por la Iglesia Católica y suscrito, entre otras instituciones, por Microsoft, IBM, la FAO y el Gobierno italiano. En el manifiesto se recuerda que ahora más que nunca, debemos garantizar una perspectiva en la que la IA se desarrolle con un enfoque, no en la propia tecnología, sino por el bien de la humanidad y del medio ambiente, de nuestro hogar común y compartido y de sus seres humanos, que están inextricablemente conectados. Es decir, una visión en la que los seres humanos y la naturaleza están en el corazón de cómo se desarrolla la innovación digital, respaldada en lugar de ser reemplazada gradualmente por tecnologías que se comportan como actores racionales pero que de ninguna manera son humanos. Es hora de comenzar a prepararse para un futuro más tecnológico en el que las máquinas tendrán un papel más importante en la vida de los seres humanos, pero también un futuro en el que esté claro que el progreso tecnológico afirma la brillantez de la raza humana y sigue dependiendo de su integridad ética.

En conclusión, no se trata de parar el avance de la ciencia y de la tecnología, sino tan sólo de situar en su justo lugar las ventajas que puede ofrecer y parece que la pandemia nos ofrece una oportunidad para ello.

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