Un estudio internacional revela cómo el entorno (exposoma) puede acelerar o frenar el envejecimiento del cerebro

15 mayo, 2026

Un análisis con datos de más de 18.000 personas en 34 países demuestra que la combinación de 73 factores ambientales, sociales y políticos (exposoma) influye de forma decisiva en la velocidad de envejecimiento cerebral, multiplicando su impacto cuando actúan de manera conjunta.

Texto elaborado por Javier Benítez, genetista y miembro del Comité Científico de Fundación QUAES, a partir del estudio: The exposome of brain aging across 34 countries. Legaz et al. con 177 centros participantes y 145 firmantes. Nature Medicine 3 de abril de 2026.

El estudio publicado recientemente en Nature Medicine demuestra que la edad biológica del cerebro puede acelerarse o retrasarse en función de factores de riesgo y protectores ambientales. Los resultados subrayan que los efectos más significativos se producen a partir de la interacción entre condiciones ambientales, sociales y políticas.

La investigación, coordinada internacionalmente por Agustín Ibáñez, investigador del Global Brain Health Institute (GBHI), Trinity College de Dublín (TCD), aborda una cuestión clave: cómo influyen conjuntamente los entornos en los que viven las personas —incluyendo factores físicos y sociales— en el ritmo al que envejece el cerebro humano. Para ello, el equipo analizó datos de 18.701 personas procedentes de 34 países de todo el globo, que incluye personas sanas y con una afectación neurocognitiva: Alzheimer, degeneración fronto temporal (FTLD), e impedimento cognitivo moderado (MCI). Una mayor carga de exposoma también se asoció en una muestra longitudinal de 4500 de esas 18000 personas con una mayor velocidad de envejecimiento cerebral y un mayor deterioro cognitivo.

El estudio introduce el concepto de «exposoma», entendido como el conjunto acumulativo de factores físicos (carencia de espacios verdes, precipitación extrema, calidad del agua, estado del suelo, polución del aire…), sociales y contextuales (desigualdad socio económica, pobreza, escasa participación en actividades, inestabilidad política, cuidados de la salud….) a lo largo de la vida. Los resultados muestran que este exposoma actúa de forma sindémica, es decir, mediante la interacción de múltiples factores que se potencian entre sí, de manera similar a lo que ocurre con enfermedades que coexisten y se agravan mutuamente. Este conjunto de influencias determina el envejecimiento cerebral tanto en personas sanas como en aquellas con enfermedades neurodegenerativas.

Los investigadores analizaron 73 indicadores del exposoma a nivel nacional que fueron selccionados a partir de bases de datos internacionales, en base a la disponibilidad y a la coincidencia de esos indicadores en todos los paises en un periodo de tiempo concreto, entre el 2000 y 2025. Para los análisis se valoró el odd ratio (OR) de cada factor a nivel individual (el OR indica el factor multiplicativo o divisor que hay que aplicar al riesgo poblacional que tiene el individuo per se, por ejemplo, el riesgo de una mujer de 45 años de tener un hijo con S.Down es de un 3%, pero si tiene un factor adicional de riesgo con un OR de 2.5 su riesgo final sería de un 7.5%.). Los factores que se seleccionaron tuvieron un OR superior a 2.5, y todos ellos se estudiaron posteriormente combinados en cada uno de los subgrupos.  Al modelar estos factores del exposoma de forma conjunta, comprobaron que explican hasta 15 veces más variación en el envejecimiento cerebral que cualquier factor individual.

En concreto, las exposiciones físicas combinadas (exposoma físico) —como son la contaminación, las temperaturas extremas o la escasez de zonas verdes— se asociaron principalmente con el envejecimiento estructural del cerebro. Estas alteraciones afectan a regiones clave (límbico, subcortical y cerebelar) implicadas en la memoria, la regulación emocional y las funciones autonómicas, y se relacionan con mecanismos como la neuroinflamación, el estrés oxidativo, la disfunción vascular o la reducción del soporte neurotrófico.

Por otro lado, el exposoma social combinado —incluyendo factores como la desigualdad, la pobreza, la baja participación cívica, la debilidad institucional o el acceso limitado a recursos sociales— mostró una mayor asociación con el envejecimiento funcional del cerebro. En particular, afecta a redes frontotemporales y límbicas vinculadas al control ejecutivo, la cognición social y la regulación emocional.

Aunque con riesgos más pequeños, los factores del exposoma a nivel individual también mostraron una asociación consistente con el envejecimiento. Los top 10 fueron tanto físicos como sociales; precipitaciones extremas, polución del aire, escaso bienestar o bajo índice económico. Y lo mismo con los dos modelos de envejecimiento: Un reducido acceso a espacios verdes o una mayor polución del aire, se asoció a un envejecimiento estructural acelerado, mientras que una baja participación en la vida social o un bajo indicador socio económico se asoció a un envejecimiento funcional acelerado.

Además, en un estudio longitudinal en un subgrupo de 4500 personas sanas y con deterioro, se encontró que la mayor carga del exposoma se asoció con una mayor velocidad del envejecimiento, que fue mayor en la población con deterioro que en la población sana, entre 3.3 y 9.1 veces un riesgo mayor de envejecimiento acelerado; población sana<MCI<Alzheimer<FTLD.

Estos hallazgos ponen de relieve un aspecto clave: las influencias ambientales sobre la salud cerebral son principalmente acumulativas, no lineales y se amplifican o se mitigan mediante la interacción entre distintos factores.

El reloj cerebral que estima el envejecimiento del cerebro y la mayor o menor velocidad de envejecimiento se midió con datos estructurales de neuroimagen (resonancia magnética analizando el volumen de materia gris, y funcionales con magneto electroencefalografía y electroencefalograma para estudiar la conectividad de las redes frontotemporales y límbicas) que dan una edad estimada, que se comparó con la edad cronológica. El GAP del cerebro o BAG (brain-age-gap) representa la diferencia entre la edad predicha y la cronológica. Valores positivos indican una aceleración del envejecimiento, y negativos un retraso. De esta manera BAG es un indicador sensible de envejecimiento y demencia perfilado por mecanismos de la propia enfermedad y del exposoma.

¿Cómo puede afectar el exposoma al envejecimiento cerebral? El exposoma puede operar a través de mecanismos biológicos. P.ej. Una exposición crónica a la polución del aire puede dañar el tejido cerebral y activar una respuesta neuroinmune e inflamatoria llevando a provocar daño en el DNA y cambios epigenéticos que pueden promover la neurodegeneración. Lo mismo ocurre con las emisiones de CO2 que provoca el carbón, aunque aquí habría otra vía neurotóxica; a través de la sangre y de la barrera hematoencefálica, o la vía olfativa u otra, podría activar la microglía, generar estres oxidativo y liberar citoquinas.

¿Cómo manejar y prevenir los posibles daños del exposoma? A las medidas individuales (actividad física, dieta etc..) habría que complementarlas con medidas masivas de salud pública y estrategias de prevención de la demencia; incrementando la participación cívica, expandiendo la representación local, asegurando el bienestar básico, incrementando el espacio verde y otros factores aquí mencionadas. Se estima que una reducción de la polución pude prevenir la demencia en un 3%.

El estudio tiene varias limitaciones, el tamaño muestral es una de ellas ya que es una análisis global y sería necesario una validación con una muestra más amplia. Las migraciones es otro factor que podría modificar las tendencias. También sería necesario combinar el exposoma con datos genéticos y genómicos para capturar la vulnerabilidad o la resiliencia al envejecimiento cerebral y conocer el peso real del exposoma ya que sabemos y conocemos que los factores genéticos juegan su papel.

En definitiva, este trabajo pone por primera vez de manifiesto cómo influyen conjuntamente los entornos en los que viven las personas  o lo que es igual “Where and how people live may be as important for brain aging as the specific disease that they develop”

 

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