El Nobel de Medicina premia el «interruptor» cerebral que permite controlar neuronas con luz

8 octubre, 2026

 

 

Resumen elaborado por el Dr. José López Torrecilla, oncólogo radioterápico y miembro del Comité Científico de Fundación QUAES, a partir del artículo publicado por la revista Nature en acceso abierto: doi: https://doi.org/10.1038/d41586-026-03091-2 

 

Karl Deisseroth (Universidad de Stanford, EE. UU.), Peter Hegemann (Universidad Humboldt de Berlín) y Georg Nagel (Universidad de Würzburg) han ganado el Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026 por sus descubrimientos sobre los canales iónicos activados por luz y el desarrollo de la optogenética. Esta técnica permite activar o silenciar neuronas concretas en un cerebro vivo mediante pulsos luminosos. El comité Nobel a través de su presidente Per Svenningsson, destacó que ofrece la posibilidad de cartografiar el cerebro de un modo que antes solo se podía soñar. 

Un alga como punto de partida 

La historia empezó en la investigación básica, sin ninguna intención médica. A principios de los años 2000, Hegemann y Nagel estudiaban cómo el alga unicelular Chlamydomonas reinhardtii utiliza la luz para orientarse. Descubrieron que lo hacía gracias a unas proteínas, las canalrodopsinas, que actúan como diminutas compuertas: al recibir luz azul se abren y dejan entrar iones con carga positiva, lo que genera una corriente eléctrica. Y la electricidad es precisamente el lenguaje de las neuronas. 

De la célula del alga a la neurona 

En 2005, Deisseroth y su equipo dieron el paso decisivo. Introdujeron el gen de la canalrodopsina en neuronas de rata y comprobaron que bastaba iluminarlas para que se activaran y transmitieran la señal a otras células. Poco después la técnica llegó a animales vivos, con fibras ópticas finísimas que llevan la luz al punto exacto del cerebro. Se sumaron además otras proteínas que hacen lo contrario: silencian la neurona al iluminarla. 

Así nació la optogenética, nombre que combina óptica y genética. El principio es sencillo: el gen se introduce solo en las neuronas elegidas, de modo que únicamente ellas responden a la luz. 

Pasar de observar a demostrar 

Para entender su importancia conviene recordar cómo se estudiaba antes el cerebro. Los investigadores podían ver que ciertas regiones se activaban cuando un animal sentía miedo, buscaba comida o recordaba algo. Pero había un límite fundamental: que dos fenómenos coincidan no demuestra que uno cause el otro. 

La optogenética permite hacer esa pregunta directamente. Si un grupo de neuronas se activa cuando un ratón siente miedo, se les puede introducir la proteína sensible a la luz y encenderlas después con un destello. Si el animal reacciona con miedo, la evidencia de que ese circuito participa en esa conducta es mucho más sólida. Y si al apagarlas la respuesta desaparece, mejor aún. 

Gracias a ello se han identificado circuitos implicados en la memoria, el movimiento, el sueño, las emociones, la motivación o la recompensa. También se ha convertido en una herramienta valiosa para estudiar, en modelos animales, enfermedades como el párkinson, la epilepsia o la depresión, al revelar qué circuitos fallan y cómo podrían corregirse. 

Entre la promesa y la realidad 

Conviene, sin embargo, separar investigación y tratamiento. La mayoría de las aplicaciones clínicas siguen siendo experimentales. La técnica exige modificar genéticamente las células y, en el cerebro, implantar fibras ópticas, lo que plantea retos de seguridad y eficacia en personas. 

Aun así, ya hay indicios esperanzadores. En 2021 se publicó el caso de un paciente con retinitis pigmentosa, una enfermedad degenerativa de la retina, que recuperó parcialmente la capacidad de percibir objetos tras introducir proteínas sensibles a la luz en sus células retinianas y usar unas gafas especiales. Es un resultado puntual, pero muestra que la idea puede trasladarse a las personas. 

Lo que de verdad cambia 

Quizá el mayor legado de este Nobel no sea solo lo que ya ha permitido descubrir, sino la forma de investigar que ha inaugurado. Sabíamos desde hace décadas que el cerebro funciona mediante señales eléctricas que recorren redes de enorme complejidad. Ahora podemos intervenir sobre una pieza concreta de esa red y comprobar qué ocurre. 

Además, el premio recuerda algo valioso: una proteína de un alga, estudiada por pura curiosidad científica, acabó transformando la neurociencia. Nadie puede saber de antemano adónde conducirá una investigación básica. 

La imagen que mejor resume este Nobel es también la más sencilla: una luz que se enciende y una neurona que responde. 

Referencia: 

doi: https://doi.org/10.1038/d41586-026-03091-2 

 

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