La vulnerabilidad socioeconómica, en la que los factores de riesgo metabólico están más presentes, contribuye al desarrollo de esta patología que es una ‘epidemia silenciosa’.
Resumen del Dr. Javier Benítez, miembro del Comité Científico de Fundación QUAES, a partir de las informaciones de Diario Médico (12 junio) e iSanidad (11 junio) y de las conclusiones del 85 Congreso Nacional de Patología Digestiva, Sevilla (Junio 2026).
La esteatosis hepática metabólica, anteriormente conocida como hígado graso no alcohólico, es actualmente la enfermedad hepática más prevalente y afecta aproximadamente a un tercio de la población adulta en los países occidentales. En España, la prevalencia ronda el 32%, y aunque la mayoría de los casos presentan formas leves, alrededor de un 10% de los pacientes desarrolla fibrosis avanzada y, de ellos, aproximadamente un 2% acaba evolucionando a cirrosis.
La alta prevalencia de la esteatosis hepática metabólica constituye una preocupación creciente debido a la carga asistencial y sanitaria que puede generar en los próximos años. De hecho, si no se refuerzan las estrategias de prevención, diagnóstico precoz y tratamiento, podría situarse como la principal causa de cirrosis, carcinoma hepatocelular y trasplante hepático. Por su relevancia en la especialidad de aparato digestivo, esta enfermedad fue una de las temáticas destacadas del 85º Congreso de la Sociedad Española de Patología Digestiva (SEPD), que se celebró recientemente (Junio) en Sevilla.
Uno de los principales retos de la esteatosis hepática metabólica es que puede permanecer oculta durante años, motivo por el que frecuentemente recibe el nombre de ‘epidemia silenciosa’. Como ocurre con otras enfermedades del hígado, esta patología apenas produce síntomas durante buena parte de su evolución, por lo que muchas personas desconocen que la padecen hasta que se encuentra en fases avanzadas.
A esta dificultad se suma que algunos de los parámetros habitualmente utilizados para detectar enfermedad hepática, como las transaminasas, pueden mantenerse dentro de rangos normales incluso en presencia de la patología, pudiendo retrasar el diagnóstico y la intervención precoz.
Además de los factores biológicos, los determinantes sociales desempeñan un papel decisivo en el riesgo de desarrollar la enfermedad y en la gravedad de la misma. Javier Crespo, experto de la SEPD y director de la Cohorte Cantabria, que durante el congreso se ha centrado en la epidemiología y sus determinantes sociales, menor nivel socioeconómico, educativo y cultural, señala que «existe un aforismo que sostiene que el código postal influye más que el código genético en la esteatosis hepática metabólica; no es del todo así, pero sí tiene parte de verdad«. Se ha observado que las personas con mayor vulnerabilidad socioeconómica presentan con más frecuencia obesidad, diabetes tipo 2 y enfermedad hepática metabólica, factores que contribuyen a esta situación, como pone de manifiesto datos obtenidos a partir de la Cohorte Cantabria.
PREVENCIÓN INDIVIDUAL Y ESTRATEGIAS DE SALUD PÚBLICA
Crespo destaca, en este sentido, las dificultades de las personas vulnerables para acceder a una información sanitaria de calidad, una mayor exposición a alimentos ultraprocesados y de poca calidad nutricional, y un entorno que favorece el sedentarismo. A ello se suma el estigma que rodea tanto a la esteatosis hepática metabólica como a la obesidad, patologías que mantienen una estrecha relación entre sí.
«Con frecuencia persiste la percepción errónea de que estas enfermedades son consecuencia exclusiva de las decisiones individuales, cuando en realidad intervienen múltiples factores biológicos, ambientales y sociales que condicionan su aparición y evolución». Su prevención no es solo individual; requiere estrategias coordinadas de educación, salud pública y promoción de hábitos saludables.
El manejo de la esteatosis hepática metabólica ha experimentado una transformación radical en los últimos años con la llegada de nuevos fármacos como como tirzepatida o semaglutida, que ya cuentan con la aprobación de la Agencia Europea del Medicamento (EMA) y de la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU (FDA). Por ello, desde la Sociedad se realiza «un llamamiento a las autoridades sanitarias para que la aprobación y, especialmente, la financiación de estos fármacos sea un hecho de la forma más rápida posible».
. Hasta hace poco, las recomendaciones sobre alimentación saludable, pérdida de peso y actividad física constituían prácticamente las únicas herramientas disponibles para frenar la progresión de la enfermedad, sin tratamientos farmacológicos específicamente dirigidos a las formas más avanzadas de la enfermedad. «Pero los nuevos fármacos han demostrado por primera vez la capacidad de resolver la inflamación hepática característica de la enfermedad y mejorar la fibrosis», abriendo la puerta «a modificar su historia natural y reducir el riesgo de complicaciones graves».
Además de las terapias ya aprobadas, actualmente existen múltiples moléculas en fases avanzadas de investigación clínica, así como nuevas estrategias de combinación terapéutica. «El futuro es muy prometedor», pero debe ir acompañado de una correcta estratificación de pacientes porque el éxito o el fracaso de esta nueva terapéutica va a depender, en buena medida, de nuestra capacidad de seleccionar bien el paciente», señala esta profesional.
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