CONFLICTOS FAMILIARES Y COVID

25 febrero, 2022

Dra Trinidad Bernal Samper.
Psicóloga. Directora Fundación ATYME, Madrid.

CAMBIO Y CONFLICTO

 Las emociones son la sal de la vida.
Nada nos hace sentir tan humanos como las emociones. Tan humanos y a la vez, tan dependientes.

La familia ha modificado su estructura de acuerdo con los cambios, costumbres, valores y normas sociales y las actividades y comportamientos de la familia española han cambiado de manera significativa en los últimos tiempos. La transformación de los valores familiares ha dado lugar a la diversidad de formas de vida teniendo como base la modificación de las normas sociales.  Estos cambios sociales han supuesto una fuerte transformación en el mundo de la pareja a los que hay que añadir el peso del componente emocional cuando un cambio se introduce en su vida.

El cambio está siempre presente en nuestras vidas, forma parte de ellas y, aunque está muy relacionado con el conflicto, no todos los cambios implican necesariamente conflictos, pero sí todos los conflictos van acompañados de cambios. Cuando se produce un cambio se activa el sistema emocional, la emoción irrumpe en nuestra mente y todo nuestro ser se convulsiona, no hay espacio para nada más y consume la mayor parte de nuestro tiempo.

Los cambios en las relaciones de pareja también pueden ocasionar conflictos o no, en función de cómo se gestionen las emociones que todo cambio conlleva. El conflicto de pareja, como todo tipo de conflicto, presenta un coste emocional que se intensifica en función de la duración de este y la expresión de este conflicto adquiere distintas manifestaciones que se relacionan con el tipo de problemas y el estilo de pareja. La temática conflictiva puede referirse al acuerdo o no en cómo se dividen las actividades domésticas, qué sistema educativo utilizan con los hijos, cómo emplear el tiempo en común, cómo gastar el dinero, cómo, cuándo y cuánto comunicarse, qué grado de intimidad desean, etc.

INFLUENCIA DE LA PANDEMIA EN LAS RELACIONES  

La pandemia causada por el virus de la COVID-19 ha sido una de las mayores crisis de la historia reciente y ha significado un cambio drástico en la forma de vivir, actuar y trabajar. Nunca hemos visto cambios tan radicales, la reclusión en el domicilio ha supuesto una situación tan excepcional, tan desconocida, que ha ocasionado un importante impacto en el bienestar físico y psicológico de la población.

La pandemia ha influido en todas las esferas de la vida humana, también en las relaciones interpersonales y, principalmente, en las relaciones de pareja, donde el confinamiento obligatorio y las restricciones de la movilidad han repercutido de forma directa en las relaciones familiares y la posibilidad de contagio ha generado factores de riesgo para todos los integrantes. Estos dos aspectos: compartir espacios y temor al contagio han generado el surgimiento de conflictos en las relaciones con la pareja y con los hijos, preparando un escenario complicado para todo el grupo familiar.

El hogar se ha convertido, en todo este tiempo de reclusión, en un escenario distinto del habitual, donde los espacios se transforman y la casa pasa a ser oficina laboral, aula escolar, espacio virtual para conectarse con amigos y familiares.  Se ha tenido que resolver la dificultad de compaginar la vida laboral con la vida familiar y escolar de los hijos, lo que ha llevado a muchas familias a sentirse desbordadas por el exceso de tareas, añadiéndose, en algunos casos, la incertidumbre laboral, aumentando los niveles de depresión, ansiedad y estrés, lo que ha supuesto un mayor esfuerzo para superar las dificultades de la nueva situación. Estas múltiples actividades, de los padres y madres, es lo que ha ocasionado que se les haya llamado “los malabaristas de la pandemia” (Gelblung, 2021).

Otro elemento que se suma a la reclusión en el hogar y sus consecuencias es la presencia continua de la enfermedad. El exceso de información negativa, centrada en la enfermedad, el contagio y la muerte, nos puede llevar a pensamientos irracionales, negativos y catastrofistas, como, “me puedo contagiar”, “me puedo morir o puedo perder a mi madre, a mi…”, “me voy a quedar sin trabajo… La preocupación, la incertidumbre y el miedo, son sentimientos humanos y básicos ante una situación desconocida y nueva  y la abundante información diaria sobre el avance del virus, las recomendaciones sobre higiene, las conversaciones centradas en la pandemia, ocasionan cambios en los procesos cognitivos, que derivan en emociones negativas y éstas en comportamientos inadecuados, saliendo a la luz dificultades no resueltas en pareja, desencadenando enfrentamientos duros que enturbian las relaciones y pueden  llevar a las parejas a tomar medidas drásticas.

RUPTURA DE PAREJA Y COVID-19

Prepararse para adaptarse a los cambios sociales que han modificado la imagen de familia tradicional es una cosa, otra es prepararse para recibir el huracán que ha supuesto esta crisis. La intensidad emocional y la falta de información sobre cómo salir de la situación, ha dejado a las parejas sin respuesta. Las respuestas son elementos tranquilizantes, actúan como relajantes explicativos, dan una seguridad aparente, mientras que la no respuesta de lo que pasa respecto al virus, incrementa la duda y aumenta la incertidumbre de las parejas.

Si bien la reclusión es el método oportuno para la prevención del contagio, el aislamiento es un factor generador de ansiedad y angustia. Los largos días de cuarentena, la incertidumbre, el miedo los cambios de rutina y el estrés derivado de esta situación ha sido una constante en muchas parejas y esto ha supuesto que algunas dejen la convivencia, otras recurran a un psicólogo para solventar sus dificultades y otras hayan afianzado su relación por la manera en la que han gestionado las emociones derivadas de esta situación. Cada pareja es un mundo.

Aunque está por conocer el impacto de esta crisis en las parejas, el aumento de las rupturas ha hecho que este periodo se haya denominado, en los medios de comunicación, la ola del corona-divorcios, algo que queda reflejado en los datos recogidos por el Consejo General del Poder Judicial, en el último trimestre de 2021, donde las demandas de disolución matrimonial se han incrementado en un 62,2% más que en el mismo periodo de 2020, fecha que significó las cifras históricamente más bajas a causa de la pandemia. Sin embargo, estos datos tienen que matizarse, ya que la subida se compara con el 2020, donde los juzgados estuvieron cerrados y no pudieron tramitarse ningún divorcio ni separación. Por el contrario, estos datos puestos en relación con el total de demandas presentadas durante el segundo trimestre de 2019, muestran un descenso del 6 por ciento, descenso que se mantiene en todos los tipos de disolución matrimonial. También hay que matizar aquí, que en los últimos años se venía asistiendo a un descenso de disoluciones.

Los problemas que aparecen en la convivencia de las parejas y que llevan a la decisión de dejar la convivencia, no suelen deberse a un solo factor y, aunque la pandemia ha repercutido en la dinámica de las relaciones de las parejas, constituyendo un fuerte estresor, la relación con la decisión no es directa. El aumento de los divorcios, también lo hemos visto después de las vacaciones de verano, donde la convivencia prolongada ha sido un plus para dar salida a conflictos que, en muchos casos, ya estaban con anterioridad.

De igual manera, la pandemia ha afectado a las relaciones de pareja, pero muchos de los problemas surgidos a consecuencia de la crisis del covid-19, tienen antecedentes en la historia de la relación de pareja pero que la rutina los ha ocultado y el confinamiento los ha sacado a la luz. No es lo mismo estar juntos un tiempo al final del día que cara a cara las veinticuatro horas seguidas, ya que la ansiedad, propia de esta situación de crisis, agranda nuestros defectos y la percepción se centra en los aspectos negativos del otro. Todo esto ha supuesto un gran reto para las parejas inmersas en una convivencia prolongada y con un gran desgaste emocional.

En realidad, la pandemia ha dejado clara la falta de preparación para abordar una crisis de este calibre ya que las parejas se han visto envueltas en un torbellino de emociones. Emociones que, si son positivas favorecen el crecimiento amoroso en pareja, y si son negativas, lo impiden o paralizan. Lo que hace necesario saber manejar las emociones que acompañan a los conflictos con empatía y creatividad antes que den lugar a que nos desborden.

CONFLICTOS FAMILIARES Y COVID - Fundación Quaes

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